Una ermita y una imagen

Los orígenes de la ermita se remontan a finales del siglo XVII, cuando dos vecinos de Vallehermoso, Lucas González Barrios y su esposa, decidieron levantar una pequeña construcción por la devoción que sentían hacia la Virgen del Carmen. Autorizada por el obispo Vicuña en 1697, su historia es la de tantas fábricas religiosas de la Isla, sufriendo los avatares del tiempo hasta llegar a 1881, cuando una crecida del barranco se lleva casi por completo la ermita. Pero, lejos de cerrar sus puertas, los vecinos acudieron en su ayuda y sufragaron, durante varias décadas, las obras que reconstruyeron la misma, dotándola de un altar nuevo en 1921, una sacristía tres años más tarde, o el trastejado, que se prolongó hasta 1932. Tras las últimas reformas, la ermita del Carmen es un templo lleno de luz, dignidad y orgullo, una casa donde recibe cobijo la efigie de la Virgen.

En cuanto a la imagen, sabemos que no es la original que presidía desde su origen este pequeño templo, pues se perdió tras el incendio de 1893 cuando se encontraba en la iglesia de San Juan Bautista, siendo reemplazada por una talla de vestir de probable origen levantino, como han estudiado los expertos que se han acercado a su estudio. En palabras del historiador del arte Eduardo Duque, en la Virgen del Carmen destacan “la belleza clásica, de perfiles rectos, rostro afilado, nariz delgada, mirada baja, naturalista en el uso de ojos de cristal, y comedida melena recogida en el moño”. Una cuidada imagen que, más que una escultura, es el símbolo de unión del pueblo de Vallehermoso.

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